domingo, 5 de abril de 2020

Actividad

Este blog, creado por Laura Terradillos Bilbao y Nuria Pérez Pañeda, tiene como finalidad la realización de la actividad "La situación del campesinado del Tercer Mundo en la segunda mitad del siglo XX y siglo XXI" propuesta por la profesora Rosa Mª Almansa Pérez.
Después de valorar la situación y analizar diversa información, las autoras hemos decidido realizar la actividad centrándonos en México.

                                                              Fuente: GEOATLAS.com ® 2004 © Graphi-Ogre


Para situaros en el contexto del campesinado mexicano actual, os contaremos que en el último cuarto del siglo XX, uno de cada cuatro mexicanos se dedicaba a la agricultura. Actualmente, esta proporción no ha cambiado mucho y es población joven (entre los 28 a 60 años) los que se dedican a estas actividades. Sin embargo, aunque es una de las actividades económicas principales del país, es donde se encuentra la población más pobre.

En este trabajo, vamos a intentar investigar las circunstancias que llevan a estos datos y trataremos de mostrar los retos a los que se enfrenta la agricultura mexicana en este siglo XXI.

Para entender la situación actual del campesinado mexicano tenemos que remontarnos a la Revolución mexicana de 1910, ya que las reformas agrarias que se llevaron a cabo más adelante y pusieron en manos de los campesinos gran parte de las tierras del país, tuvieron su origen en las revueltas acontecidas durante la misma.

Tras la revolución y hasta el final de la primera mitad del siglo XX, se produjeron dos importantes reformas agrarias que significaron la expropiación de tierras a los grandes terratenientes y su entrega a los campesinos, creando los llamados "ejidos" o propiedades de tierra comunal sujetas al control político y económico del Estado.

A principios de la segunda mitad del siglo se produjo un crecimiento notable de la producción agrícola gracias a las innovaciones tecnológicas, las nuevas formas de cultivo, el control y la conservación de los mismos, así como a los créditos facilitados a los campesinos, la compra de los productos por parte del Estado y del extranjero. Pero, conforme fue avanzando el siglo, las condiciones cambiaron por completo, la bajada de precios de los productos agrícolas fue constante, así, en 1970, la situación de la economía campesina se transformó, disminuyó su poder adquisitivo y se redujeron considerablemente las exportaciones nacionales de productos, lo que llevó a una crisis agrícola que llevó al campesinado mexicano a una pobreza extrema (Warman, 2003).

Es importante resaltar que los movimientos revolucionarios de los campesinos mexicanos han sido los motores las revoluciones económicas y políticas. Con Cárdenas (1934 - 1940) en el poder mexicano, se buscó el equilibrio entre estos dos ámbitos, reformando la "nueva burguesía" mediante el apoyo a las empresas agrícolas capitalistas. Lograr la coexistencia pacífica de estos dos actores sociales, campesinos y capitalistas, no era empresa fácil. Pero gracias a la creación de la Confederación Nacional de Campesinos (CNC) perteneciente al partido PNR, se consiguió repartir tierra, constituir el ejido, negociar los precios, comercializar y organizar colectivamente la productividad.

A partir de los años 40, la agricultura se convierte en la base de la industrialización. Gran parte de los productores son integrados al mercado, a la vez que los campesinos se transforman en mano de obra barata absorbida de manera fluctuantes según la expansión capitalista. Esta situación llega a su culmen en los años 60, cuando la agricultura se convierte en un sistema intensivo de producción de capital. Sin embargo, los campesinos, conocedores de su importancia y con la llegada de una crisis rural, reivindican una participación mayor en al ámbito político y social.  Es en los años 70, cuando aprovechando quizás el debilitamiento del poder político, cuando se aprecia un ascenso del movimiento del campesinado. En este momento, el binomio Estado-campensinos se rompe, y los movimientos revolucionarios van a tener su acogida a nivel local y regional. Estas reivindicaciones pretenden defender la autogestión como sistema de productividad, demostrando que los campesinos son capaces de proponer nuevos modelos alternativos al capitalismo que solo enriquece a las empresas más grandes.

Desde este momento, y pese a los intentos del campesinado por revertir la situación, la desigualdad, la falta de recursos y el envejecimiento de la población campesina fue en aumento, lo que se agravó en la década de los 80, cuando el país se vio inmerso en una crisis económica sin precedentes. Este deterioro se extendió hasta la reforma de 1992, que cambió por completo la manera de gestionar los ejidos, dando a partir de este momento, la administración y autonomía de los mismos a los campesinos, con un ligero matiz, la limitación de los terrenos, pasando de los latifundios a los minifundios. Lo que parecía iba a ser algo favorable para el campesinado se convirtió en un grave perjuicio ya que, esta nueva forma de agricultura, no podían competir en igualdad de condiciones con las importaciones, debido a la falta de recursos económicos, la escasez de maquinaria y la difícil orografía del terreno entre otros. Además los acuerdos internacionales que mantenía el gobierno mexicano dejaron de lado al campesinado y tras la liberalización de aranceles las importaciones agrarias se abarataron e incrementaron, en parte debido a las presiones de países vecinos, especialmente Estados Unidos.

No obstante, la población rural se fue incrementando durante todo el siglo XX debido a un mercado laboral inestable e insuficiente que limitó la capacidad de encontrar trabajo fuera del mundo rural, lo que acrecentó, aún más si cabe, la pobreza. Al finalizar el siglo, gran parte de la población rural y campesina se vio abocada a la migración. (Flores, 2011: 228).

En el año 2000, con el cambio de gobierno, hubo un ambiente esperanzador a la espera de medidas que resurgiera el campo. Sin embargo, no fue así. La falta de inversión dificultaba conseguir una producción suficiente, lo que obligó a la importación de productos. En 2008, se importaba un 17% del maíz (producto esencial en México) que contrasta con el 3,1% que se importaba en la década de los 60 (FAO 2010)
Algunos de los factores que influirán en esta crisis agrícola son:
+ La caída de la demanda interna de alimentos agrícolas en los minifundios
+ La acumulación de capital en ciertas ramas de producción rural
+ La pobreza de las familias extensas propietarias
+ La brusca caída de la inversión pública, que ha reducido los recursos y los ejidos.
+ Evolución de precios desfavorables para la agricultura (Calva, 1988)


Con este panorama económico y el aumento de la población rural, el resultado es un empobrecimiento claro del campesinado. Sin rentabilidad en la producción y sin intenciones del gobierno para invertir en desarrollo la población está abocada a emigrar.
Uno de los destinos más frecuentes de la población es EE.UU. De acuerdo a las estimaciones de las CONCAPO (2010), la población que reside en EE.UU. desde 1970 a 2007 ha aumentado de 2,2 millones a 11,9 millones. Así diariamente, miles de jóvenes de los ámbitos rurales van a EE.UU. en busca de trabajos con salarios más dignos y mejores niveles de vida. A pesar de las implicaciones negativas que esto conlleva como la peligrosidad, el crimen organizado, la falta de derechos humanos, los prejuicios sociales y la vulnerabilidad social por ser indocumentados (González, 2009)

Esta ha sido la tónica durante el resto del siglo y hasta la actualidad. El flujo migratorio continuo de la población mexicana, especialmente del campesinado (Durand, 2000:23), se ha estado produciendo sin cesar, de hecho, según la Organización Internacional de Migraciones, México es el segundo país del mundo en emigraciones (O.I.M., 2019:32). EE.UU. históricamente se ha fijado en México para contratar mano de obra barata y joven, sobre todo como temporeros en labores agrícolas, si a esto añadimos la cercanía entre ambos países podemos entender que más del 97% de los migrantes mexicanos hayan decidido emigrar al país vecino. No obstante, la corriente migratoria mexicana se dirige, aunque en menor medida, a otros destinos como Canadá y Europa.




El ansiado sueño americano representa para México un gran problema humanitario, las últimas políticas migratorias americanas y el refuerzo del control de fronteras, con la eliminación de los visados temporales y las amenazas de deportación (Ramos, 2018: 135), no hicieron sino que complicar la situación de millones de migrantes, muchos de ellos mexicanos, que se agolpan en los límites fronterizos de ambos países esperando una oportunidad.

Paradójicamente, ahora, cuando vivimos una de las pandemias más asoladoras del mundo, el papel de los migrantes mexicanos en EE.UU. está siendo indispensable. Ante la escasa mano de obra nacional del campo estadounidense, el gobierno norteamericano está facilitando visados temporales (LATimes, 2020) para aquellos dispuestos a trabajar durante interminables horas, por un salario mínimo y en pésimas condiciones de salubridad. 

Hoy, más que nunca, el campesinado mexicano, incluso fuera de su hogar, sigue siendo uno de los colectivos más vulnerables, vive inmerso en la pobreza, sin recursos ni seguridad y afronta el día a días con incertidumbre pero con esperanza.

Bibliografía

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